GENERAR FALSAS EXPECTATIVAS

Domingo  /  15 de Octubre, 2023

En 2020 la RFEF (Real Federación Española de Fútbol) realizó un estudio en el que se reflejaba que de cada 1.800 deportistas que se federaban en categorías inferiores, uno (el estudio era masculino) conseguía ser futbolista profesional. Conviene señalar que cada año el crecimiento de inscripciones aumenta, por lo que cabe pensar que, si el número de equipos no varía, cada vez resulta más complicado ser profesional.

Un año antes, en 2019, AFE (Asociación de Futbolistas Españoles) alertaba a sus afiliados en una conferencia sobre la necesidad de formarse académicamente puesto que solo el 0,4% de los juveniles con ficha llegan a ser jugadores de primera o segunda división. A la vez que señalaban que el 50% de los juveniles abandonaban los estudios.

Para cualquier persona que se inicie en la práctica deportiva, la importancia del entorno familiar es fundamental. En esos inicios, los padres y madres deben educar a sus hijos e hijas en la práctica deportiva como algo placentero, conservando el aspecto lúdico, de diversión y, sobre todo, carente de obligación en cuanto a resultados deportivos se refiere. La principal diferencia entre la práctica deportiva y la educación es el carácter de obligación.

Se da la circunstancia que algunos padres y madres suelen creer que sus hijos-as tienen que practicar la modalidad del deporte que ellos-as desarrollaban. Este es uno de los inconvenientes que nos encontramos en las etapas de iniciación. La actividad deportiva tiene que ser una experiencia gratificante, no debe convertirse en una tarea impuesta y coactiva.

Además, en ocasiones, observamos cada fin de semana como algunos progenitores adoptan el rol de entrenadores-as mientras observan el partido desde la grada. Se apoderan de un conocimiento multidimensional mientras se colocan en un estado de superioridad moral respecto al resto de opiniones que no van en su línea. Discuten prácticamente todas las decisiones que se toman en el partido: técnicas, arbitrales…

Por otro lado, está el papel de los entrenadores-as. Cuando se trabaja con deportistas en sus inicios, el objetivo no debe ser la victoria, esto es totalmente secundario. El aspecto prioritario es el desarrollo de la persona a través de la práctica deportiva. 

Aprendiendo a trabajar en equipo, comportarse con deportividad, competir de manera sana, cumplir las reglas de juego, respetar a los árbitros-as, al equipo contrario, esforzándose al máximo por el colectivo, tolerar la adversidad y, sobre todo, divertirse con esta magnífica experiencia para que dicha práctica deportiva le guste cada vez más.

Es importante que todo el equipo participe en los entrenamientos, pero también en las competiciones, distribuyendo el tiempo de juego entre toda la plantilla para que todos y todas se sientan cómplices de la actividad. La competición debe ser una experiencia gratificante en lugar de desagradable y negativa.

Si ambos entornos, el familiar y técnico (entrenador-a, formador-a), no se maneja adecuadamente y generamos presión sobre nuestros-as jóvenes deportistas haciéndoles creer que van a ser profesionales, que tienen futuro… obligándoles a entrenar y competir de una manera desequilibrada, excesivamente exigente y fuera de control desde sus inicios, estaremos generando unas falsas expectativas en los chavales-as alejadas de la realidad. Y, lo que es peor, originando un estrés innecesario que pudiera ocasionar otras desviaciones mucho más serias.