“No hay viento favorable para quien no sabe dónde va.” decía Séneca. Esta frase la podemos aplicar en diferentes momentos de nuestra vida. ¿Tenemos claro qué queremos conseguir? Si lo tenemos claro, podremos marcarnos un objetivo, una meta, y en consecuencia un plan para conseguirla. Si por el contrario no lo tenemos, el azar, las circunstancias o las decisiones del resto de personas nos llevarán a un rumbo desconocido.
Tampoco es suficiente con tener sueños o deseos de a dónde quiero dirigir mi vida, no basta con las intenciones. Eso de voy a cambiar, estudiar más, entrenar mejor… se quedan muchas ocasiones en unos días de esfuerzo o intención, nada más. Sin embargo, hay personas que se lo proponen e inician un camino hacia sus propósitos y los logran. Transforman sus deseos en realidades al estructurarlos en objetivos o metas.
Llegados a este punto, debemos tener claro que tenemos metas de proceso y metas de resultado. Las metas de resultado no dependen de nosotros-as, porque siempre tenemos elementos que están fuera de nuestro alcance: un rival, etc. aunque trabajaremos para alcanzarlo. Nos centraremos en el proceso, en cómo conseguir el resultado, en qué tenemos que hacer para poder alcanzar la meta.
Las metas de proceso son esos pasos que se van consiguiendo hasta llegar a la meta final. Para ello hay que centrarse en varios aspectos como son nuestra conducta, qué hago o puedo hacer para conseguir el objetivo y cómo sabré si lo estoy consiguiendo. Estas acciones se sitúan en tiempo presente.
Estas metas de proceso están bajo nuestro control, nos sirven además para ver si vamos por el buen camino o debemos modificar algún aspecto. Este proceso, cuanto mejor definido lo tengamos y lo trabajemos, más opciones nos proporcionará para conseguir el resultado final.
Si queremos tener opciones reales de conseguir el resultado, tenemos que sumergirnos en el proceso, definirlo y seguir correctamente el camino previsto. Esto puede implicar establecer metas parciales, diarias, semanales, porque estos retos son metas del proceso. Sin realizar ni comprometerse con un proceso efectivo, no podemos conocer nuestro verdadero potencial. No nos pongamos límites a lo que pensemos que podemos lograr.
Como conclusión, si definimos aquello que queremos trabajar en lugar de lo que queremos alcanzar, esto nos permitirá invertir en un proceso con ideas y sus respectivas emociones, siendo protagonistas de nuestras propias acciones. Como señalaba antes, tener una meta es importante para saber a dónde queremos llegar, pero lo fundamental es definir y realizar el camino que tenemos que recorrer para alcanzarla.
Una meta u objetivo necesita un plan de acción. Qué meta nos marcamos, qué implica, cómo la vamos a trabajar, en qué tiempo, cómo vamos a planificar las tareas y objetivos intermedios a lo largo del proceso, qué recursos necesitamos, cómo vamos a medir el avance. Además, seguramente que a lo largo de dicho proceso tengamos que ajustar algunas cosas, volver a planificar, cambiar, etc.
Sal de tu zona de confort, piensa en una meta que quieras conseguir, define el proceso y a por ello. Seguro que lo consigues o, cuando menos, habrás disfrutado y aprendido del proceso.
