GESTIÓN DE LAS EMOCIONES

Domingo  /  07 de Abril, 2024

Las emociones son reacciones psicofisiológicas que representan intentos de adaptarnos al medio. Son respuestas de nuestro cuerpo para intentar sobrevivir de la mejor manera posible ante estímulos internos y externos.

La emoción es una respuesta afectiva, intensa y breve que se produce en respuesta a un suceso o situación determinada, asociada a cambios corporales específicos. Está relacionada con lo que nos importa: objetivos, preocupaciones o aspiraciones. No hay emociones buenas ni malas, positivas ni negativas, todas son necesarias y nos ayudan en la adaptación a nuestro medio.

Las emociones constituyen una toma de conciencia de ciertas reacciones o cambios fisiológicos que se producen en nuestro organismo ante un determinado estímulo. Para entender con precisión qué es una emoción, debemos tomar en consideración sus tres componentes esenciales: fisiológico, cognitivo y situacional.

  • Paso 1. Activación fisiológica (fisiológico): Es producida por el estímulo que provoca la emoción (ritmo cardíaco, sudor, sequedad en la boca, etc.)
  • Paso 2. Toma de conciencia (cognitivo): Significa "darse cuenta" de mis cambios corporales.
  • Paso 3. Etiquetado social (situacional): Implica poner nombre a lo que me ocurre (nombre o etiqueta de tal o cual emoción).

Todo esto ocurre en un contexto determinado, el cual está directamente relacionado con la etiqueta verbal que ponemos a la emoción.

¿Cuál es el proceso de gestión de las emociones?

En primer lugar, debemos detectar la emoción a través de cualquiera de los tres componentes que hemos comentado (fisiológico, cognitivo o situacional). Normalmente las emociones comienzan con cambios fisiológicos.

Después prestaremos atención a las respuestas de los tres componentes y al estímulo que la está disparando. Podemos centrarnos en los pensamientos, después en las sensaciones físicas y por último en el impulso de la actuación que sintamos.

Superados los dos anteriores, nos toca ponerle nombre a la emoción. Si estamos empezando en este proceso, es aconsejable centrarnos en las emociones básicas (alegría, miedo, tristeza, enfado, asco y sorpresa) y, una vez elegida la emoción, anotar lo qué estamos sintiendo.

Un paso que no solemos tener en cuenta, es el de normalizar la emoción. Entender que es normal que nos estemos sintiendo de una manera concreta con una determinada emoción y que esta no se vea mezclada con emociones secundarias.

Tras haber etiquetado la emoción y haberla normalizado, la analizamos. Sabiendo de qué emoción se trata, conocemos que estímulos se nos presentan y qué respuestas fisiológicas, cognitivas y situacionales aparecen. Es aquí cuando entendemos si la emoción es adaptativa o no.

Por último, tendremos que regular la emoción. Si la emoción nos ayuda a adaptarnos, dejaremos que dirija nuestra actuación, puesto que nos genera motivación para llevar a cabo las conductas necesarias para adaptarnos (como se suele decir popularmente: “haremos lo que nos pida el cuerpo”). Si, por el contrario, la emoción no es adaptativa, tendremos que reducir su frecuencia, intensidad y duración.

Si empezamos con esta dinámica para regular nuestros estados emocionales, lo alcanzaremos. No resulta sencillo cuando se empieza, pero si lo trabajamos de manera constante, conseguiremos gestionar de una manera más adecuada nuestras emociones.