Cuando hablo de competir, me refiero a cualquier modalidad deportiva, poniendo el foco en las personas más jóvenes, no en el alto rendimiento. Esa es la idea, lanzar algunas reflexiones sobre cómo gestionar de forma más ordenada y efectiva la participación de nuestros y nuestras jóvenes en la competición.
La competición es una experiencia muy impactante para ellos y ellas. Lo que ocurre en ese contexto puede influir profundamente en sus valores, creencias, actitudes, expectativas, emociones y comportamientos futuros. Por eso, aprovechar adecuadamente las competiciones es clave para su desarrollo, tanto personal como deportivo.
En este proceso, la figura del entrenador o entrenadora es fundamental. Su actuación antes, durante y después de la competición influye directamente, no solo en el resultado, sino también en la vivencia que experimentan los y las deportistas.
El entrenador o entrenadora de jóvenes tiene una labor muy importante. No basta con tener conocimientos técnico-tácticos, se requiere vocación, formación continua, pasión, actitud y valores. Todo ello debe actualizarse constantemente si se quiere estar a la altura de las circunstancias. Vivimos en un entorno en el que todo cambia muy deprisa, lo que hoy funciona, mañana puede no ser suficiente.
El primer paso es que el propio entrenador o entrenadora se conozca a sí mismo-a y se haga preguntas esenciales: ¿Por qué quiero entrenar? ¿Qué deseo para las personas que entreno? ¿Qué puedo aportarles? ¿Conozco mis fortalezas y debilidades?
Después, es necesario conocer y, sobre todo, comprender la entidad a la que va a representar, cómo funciona, qué recursos tiene, qué valores promueve. También es clave conocer a los y las deportistas, sus características, objetivos personales, necesidades. Y una vez recopilada esta información, preguntarse: ¿Qué puedo hacer desde mi rol para mejorar la experiencia del equipo y de cada persona, tanto a nivel colectivo como individual?
Obviamente, antes de empezar se necesita una planificación sólida. Esta debe construirse con la participación del club o entidad deportiva, ya que es imprescindible coordinarse con otras áreas y equipos, y porque la entidad es quien debe facilitar los recursos necesarios (instalaciones, personal, etc.)
Tras este pequeño esbozo de actuación, quiero detenerme en la competición. No voy a profundizar en cómo planificar ni en cómo competir, pero sí quiero hacer una pausa en el momento de la competición porque es ahí donde más se evidencian posibles desviaciones en el acompañamiento a nuestros chicos y chicas.
A menudo escuchamos a entrenadores-as, educadores-as o familiares decir cosas como: “Mi hijo-a no lleva bien la competición, se estresa demasiado y no demuestra su verdadero potencial”. Y yo me pregunto: ¿Estamos gestionando adecuadamente a este-a joven deportista para que disfrute y saque lo mejor de sí?
El estrés es una reacción natural del cuerpo ante situaciones que percibe como amenazantes. Puede ser beneficioso en pequeñas dosis, ya que nos activa, pero se vuelve perjudicial cuando es excesivo y no sabemos controlarlo.
Si un-a joven siente demasiado estrés, dejará de disfrutar, aumentará su riesgo de lesiones, se fatigará antes, será más vulnerable a enfermedades y tendrá dificultades para relacionarse (con su equipo, en el colegio, etc.). También puede experimentar alteraciones del sueño, bajo rendimiento, pensamientos negativos, sensación constante de fracaso, evitará ciertos contextos y, en los peores casos, el abandono de la actividad deportiva.
Por eso, lo primero es identificar qué puede estar generando ese estrés. Algunos factores comunes son:
- Su estilo de vida: presiones en casa, exigencias escolares, múltiples actividades extraescolares, vivir lejos de su entorno familiar, poco tiempo libre…
- Las exigencias en los entrenamientos: se les pide esfuerzo, concentración, rendimiento, adquisición y práctica de nuevas habilidades y conceptos, superar el cansancio, adaptarse a los cambios…
- La propia competición: presión del equipo, del entrenador-a, de la familia, e incluso autoexigencia. A esto se suma la incertidumbre del resultado, las situaciones adversas, la evaluación constante, la falta de claridad en los objetivos…
- Lesiones o enfermedades: cualquier dolencia limita su participación y afecta tanto física como emocionalmente, haciendo más difícil mantener la motivación y el ritmo de entrenamiento.
No es una tarea sencilla. Pero si las familias, clubes y entrenadores-as no actuamos de manera correcta, coordinada, empática y con una planificación adecuada, será muy difícil acompañar de forma efectiva a nuestros y nuestras jóvenes deportistas. Necesitamos establecer objetivos coherentes con su desarrollo, utilizar habilidades de comunicación apropiadas y contar con los recursos necesarios para gestionar todos estos aspectos.
Y si no lo hacemos, seguiremos recurriendo al socorrido “comodín” de: “Mi hijo-a no lleva bien la competición”. Pero entonces la pregunta es: ¿Qué estamos haciendo las y los adultos para cambiar esta realidad?
