Es habitual que ciertos comportamientos de adolescentes nos resulten chocantes: su estilo al vestir, su estética, sus comentarios o sus actitudes. Esta reacción se intensifica cuando quienes muestran esas conductas son personas conocidas o figuras públicas. De inmediato, comenzamos a emitir juicios: “¿Qué camisa lleva?” “¿Ese pelo?” “¿Vaya zapatillas?”. En ocasiones incluso vamos más lejos, llegando al desprecio o al insulto.
¿Es solo una cuestión de personalidad? Muchas veces creemos que estos gestos les definen cómo son. Y sí, la personalidad influye, es el conjunto de características que nos hace únicas y únicos, formada por rasgos estables junto con procesos cognitivos, emocionales y motivacionales que interactúan con el entorno. Sin embargo, hay algo más profundo que debemos considerar, el contexto vital en el que estas personas están inmersas.
La adolescencia no es solo una transición entre ser niño-a o adulto-a, es una revolución biológica, psicológica y social. En esta etapa, el cerebro cambia radicalmente. Ya no es el de un niño-a, pero aún no ha alcanzado la madurez adulta.
Se redefine la identidad. Los y las adolescentes buscan intensamente la pertenencia al grupo de iguales (amigos, amigas, compañeros, compañeras) y se alejan, al menos en apariencia, de sus padres y madres. Comienzan a experimentar emociones fuertes, a minimizar los riesgos, y a descubrir nuevas dimensiones de su sexualidad.
El o la adolescente se convierte en un gran incomprendido-a. No entendemos por qué se comporta de la manera que lo hace. Por eso lanzamos ciertas preguntas: “¿Qué estás haciendo?, ¿por qué haces eso?”. La respuesta es más simple y a la vez más compleja de lo que parece, su cerebro está en plena construcción. Los-as adolescentes no entienden ni valoran las repercusiones de su comportamiento.
Lejos de ser una cuestión de rebeldía sin causa, estos cambios están biológicamente programados. La adolescencia es el momento en el que el cerebro reorganiza sus estructuras, podando conexiones innecesarias y fortaleciendo otras.
Durante este proceso, la corteza prefrontal, que regula la toma de decisiones, la planificación y el autocontrol, aún no está completamente desarrollada. En contraste, el sistema límbico, el centro de las emociones, está hiper activado. El resultado es una combinación explosiva, emoción intensa con poca capacidad de regulación.
Por eso a veces parecen personas inmaduras o impulsivas. No es una elección, es parte del desarrollo.
Al final de esta etapa, emerge un cerebro más maduro, más eficiente y mejor equipado para afrontar los retos de la vida adulta. Pero llegar hasta allí no es fácil. La adolescencia es una etapa exigente, tanto para quienes la viven como para quienes la acompañan.
Como adultos y adultas, necesitamos paciencia, comprensión y herramientas para su gestión, las cuales les sirvan de ayuda, apoyo y orientación. Debemos interpretar sus comportamientos más allá de las apariencias y recordar que están construyendo su identidad y su futuro.
