Las pasadas Navidades coincidí con el padre de un joven deportista con el que recientemente he realizado sesiones de coaching. Me comentó lo satisfecho que estaba al ver a su hijo más seguro de sí mismo y con una autoestima reforzada. Observaba también cómo había mejorado su capacidad de organización para alcanzar sus objetivos y, entre otras cuestiones, agradecí especialmente que destacara que lo percibía más empático y educado con las personas, sobre todo en el entorno familiar: con su madre y sus hermanos.
Este padre sentía curiosidad por saber cómo se desarrollan las sesiones de coaching, qué temas se trabajan y de qué manera. Además, se preguntaba cuál era la relación entre el coaching y la educación de las personas, ya que los cambios positivos que observaba en su hijo no los asociaba únicamente al deporte, sino más concretamente al coaching deportivo. Sin entrar en profundidad en determinados aspectos, pudimos mantener una interesante conversación que permitió dar respuesta a muchas de sus dudas.
La educación y el coaching, en este caso, el deportivo, no son lo mismo, pero están claramente relacionados. En la educación se transmiten conocimientos, habilidades y contenidos, se trata, en esencia, de aprender algo nuevo. En el coaching, sin embargo, el foco se pone en desarrollar el potencial de la persona, enseñarle a tomar decisiones y a ejecutarlas, es decir, a pasar a la acción.
Ambos, educación y coaching, persiguen el desarrollo personal y profesional. De hecho, en el ámbito educativo cada vez se utilizan más herramientas propias del coaching: preguntas poderosas, escucha activa, trabajo con objetivos, autoconocimiento, entre otras.
Y cabe preguntarse: ¿qué relación existe entre la educación que recibe una persona de unos 20 años y el coaching que puede recibir en su práctica deportiva?
Para un-a deportista de esta edad, los aprendizajes que realice son clave. Pueden marcar un antes y un después, no solo como persona, sino también en su rendimiento e incluso en el desarrollo de su etapa o vida deportiva.
A los 20 años (21, 22...) la persona está formando su propio criterio, aprende a autorregularse (emociones, esfuerzo, frustración) y comienza a tomar decisiones de manera más autónoma. Si conseguimos que el entorno familiar fomente y alinee la educación académica con la deportiva, el-la deportista mejorará su rendimiento, reducirá el abandono deportivo, fortalecerá su salud mental y construirá una identidad por encima del resultado.
Educar con coaching es formar deportistas que piensan, sienten y deciden. No se trata de suavizar la exigencia, sino de hacerla consciente. El valor del coach no está en enseñar una disciplina deportiva concreta (fútbol, balonmano…), eso ya lo hace el-la entrenador-a, sino en educar la mentalidad, la conducta y la autonomía dentro del ecosistema deportivo.
El coaching deportivo traduce la educación en acción. La educación aporta el qué y el porqué, mientras que el coaching aporta el cómo y el para qué. En la práctica deportiva, el coaching ayuda al (la) joven a convertir los valores aprendidos en hábitos de entrenamiento, a utilizar lo que sabe para tomar mejores decisiones en competición, a reflexionar sobre los errores sin castigarse y a fijar metas realistas y medibles.
En resumen, podemos decir que la educación forma a la persona y el coaching la potencia. Juntos contribuyen a construir un-a adulto-a autónomo-a y consciente.
Yo me quedo con esta breve frase: la educación informa, el coaching transforma y tú decides.
