En mi web Valentín Urriza señalo que la pintura es una de mis grandes pasiones. La he desarrollado a lo largo de mi vida, no como una obligación, sino como una elección consciente. Pintar me relaja, me ayuda a ordenar ideas y, sobre todo, estimula mi creatividad.
Y aunque pueda haber cierta predisposición natural, nada se sostiene sin práctica. El dominio requiere técnica, constancia y entrenamiento. Exactamente igual que en el deporte, la empresa o en cualquier actividad que realicemos.
Soy de los que piensa que todas las personas tenemos un talento, o varias capacidades, o un terreno donde podemos rendir por encima de la media. Podemos llamarlo don, habilidad, competencia o ventaja competitiva personal. El verdadero desafío no es tenerlo, es descubrirlo. Y después, tener el coraje de desarrollarlo.
Si vemos competir a Shai Gilgeous-Alexander, estrella del baloncesto; Scottie Scheffler, la fuerza dominante del golf mundial; Carlos Alcaraz, jugador de tenis que sigue creciendo; Akani Simbine, el rayo africano que brilla en velocidad o Simone Biles, la reina de la gimnasia, por citar algunos ejemplos de deportistas, observamos excelencia en estado puro. Vemos preparación, mentalidad, disciplina y una ejecución casi perfecta dentro de su especialidad.
Pero imaginemos por un momento que intercambian sus disciplinas. Probablemente ninguno-a destacaría de la misma manera. ¿Significa eso que dejarían de ser atletas extraordinarios? No. Significa que el rendimiento máximo aparece cuando las capacidades individuales se alinean con el contexto adecuado. Ahí está la clave.
En el deporte, en los negocios, en la empresa o en cualquier proyecto personal, no basta con trabajar duro. Es imprescindible elegir bien el campo de juego. Cada persona nace con unas características físicas, cognitivas y emocionales determinadas. Parte del rendimiento viene influido por la genética, otra parte por el entorno. También depende de cómo entrenamos nuestras fortalezas y cómo gestionamos nuestras limitaciones.
Muchas veces el error no está en la falta de talento, sino en intentar destacar en un entorno que no potencia nuestras cualidades naturales. Carlos Alcaraz será, sin duda, mejor tenista que yo. Pero puede que yo sea mejor pintor que él. Y eso no es comparación, es entendimiento de fortalezas.
Te propongo un ejercicio sencillo pero poderoso. Por un momento, ignora lo que otros y otras esperan de ti. Olvida las etiquetas. Deja a un lado las expectativas externas.
Pregúntate:
- ¿Qué actividad se me da bien de forma natural?
- ¿Cuándo me he sentido más comprometido-a y con mayor energía?
- ¿En qué momentos me he sentido auténtico-a?
No lo analices en exceso. No te critiques. No intentes justificarlo racionalmente. Solo observa.
Cuando conectamos con aquello que nos resulta orgánico, el esfuerzo cambia de significado. Seguimos trabajando duro, pero la motivación es diferente. El aprendizaje fluye, la mejora es más sostenible.
Y cuando detectes esa habilidad, no la trates como un simple hobby o una curiosidad pasajera. Desarróllala estratégicamente. Entrénala. Diseña conductas coherentes con tu personalidad. Rodéate de entornos que la potencien. No se trata de pensar que no tienes límites, se trata de no imponerte barreras antes de explorar tu verdadero potencial.
Y si en el proceso descubres que la dirección elegida no favorece tus fortalezas, ajusta, cambia, reorienta. Eso también es inteligencia estratégica.
Todos tenemos una habilidad genuina. La diferencia está en quién decide buscarla, confiar en ella y trabajarla con intención. La pregunta no es si tienes talento. La pregunta es: ¿estás jugando en el campo adecuado?
¿Has identificado ya el tuyo?
