Todas las personas tenemos valores. Quizás no siempre sepamos identificar con claridad cuáles son, o quizás no seamos plenamente conscientes de la importancia que tienen en nuestra vida. Pero están ahí.
Los valores representan aquello que consideramos importante, los principios que orientan nuestra manera de vivir, trabajar, relacionarnos y tomar decisiones.
Los vamos construyendo desde una edad temprana a través de nuestra familia, nuestras amistades, las experiencias que vivimos y la sociedad que nos rodea. Con el tiempo, se convierten en parte de los cimientos de nuestra personalidad y condicionan, de una manera u otra, cómo nos relacionamos con el mundo.
Pero hay algo especialmente importante, no basta con conocer nuestros valores, necesitamos actuar de acuerdo con ellos. Cuando nuestras decisiones y nuestros comportamientos son coherentes con aquello que realmente valoramos, ganamos confianza y claridad. Actuamos con integridad y somos más conscientes de por qué hacemos lo que hacemos.
Y aquí aparece una pregunta interesante: ¿Somos realmente coherentes con nuestros valores en nuestro día a día?
Pongamos un ejemplo.
En muchas organizaciones deportivas, especialmente en las categorías de base, existe un objetivo fundamental: “Educar a los-as jóvenes deportistas a través de la práctica deportiva”. Y eso implica mucho más que competir.
Implica cuidar el ejemplo que transmitimos como personas referentes, respetar a rivales, árbitros y aficiones, ser un buen compañero o compañera, asumir responsabilidades, practicar el juego limpio, esforzarse, trabajar en equipo, fomentar la igualdad y, por supuesto, disfrutar del deporte.
El mensaje de federaciones y clubes suele ser claro. Pero después están las personas encargadas de trasladarlo a la práctica: entrenadores, entrenadoras, monitores, monitoras… Y aquí es donde, en ocasiones, aparece la contradicción. Porque cuando el resultado de la competición se convierte en la prioridad absoluta, algunos de esos valores quedan relegados a un segundo plano.
Desgraciadamente, este ejemplo no es exclusivo del deporte. Lo encontramos en las empresas, en las organizaciones, en la política y, en definitiva, en muchos ámbitos de nuestra vida. Por eso creo que merece la pena hacernos algunas preguntas:
¿Estamos alineando nuestros valores con nuestras decisiones? ¿Somos capaces de mantenerlos cuando hacerlo no es lo más fácil o lo más rentable a corto plazo? ¿O estamos dejando nuestros valores a un lado en función del beneficio puntual de cada momento?
Mi respuesta es clara, cuando existe congruencia entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos, las personas no solo nos sentimos más satisfechas, también podemos ser más productivas, comprometidas y auténticas. Creo firmemente que la coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos es uno de los grandes pilares del verdadero capital humano.
Por todo esto, cada vez son más las personas que trabajan sus valores en procesos de coaching. Reflexionar sobre qué es realmente importante para nosotros-as nos permite profundizar en nuestro autoconocimiento, identificar aquello que queremos conservar y también descubrir aspectos que quizá necesitamos cambiar.
Vivir en consonancia con nuestros valores nos ayuda a tomar decisiones más alineadas con quienes somos. Y también tiene un impacto en cómo nos sentimos. Cuando actuamos de acuerdo con nuestros valores, es más probable que experimentemos satisfacción, bienestar y una mayor sensación de tener sentido las cosas.
Por el contrario, cuando ignoramos aquello que para nosotros y nosotras es importante, podemos sentir frustración, insatisfacción o malestar. En ocasiones, incluso podemos llegar a sentir que nos hemos traicionado a nosotros mismos-as.
Porque, al final, la verdadera coherencia no consiste en decir cuáles son nuestros valores. Consiste en demostrarlo con nuestras decisiones y con nuestros actos.
¿Y tú? ¿Tus decisiones de cada día reflejan realmente tus valores?
