APRENDER DE LA DERROTA

Domingo  /  26 de Enero, 2020

En reiteradas ocasiones a los entrenadores-as hemos escuchado decir: “…de la victoria se disfruta, de la derrota se aprende…” La clave de ello estará en visualizar los errores cometidos, analizarlos, exponerlos al equipo y ayudar a corregirlos a través de una correcta gestión. Dean Edwards Smith, uno de los entrenadores y formadores más exitosos del baloncesto universitario en USA, señalaba al respecto: “cuando perdemos o cometemos algún error hay que identificarlo, admitirlo, aprender de él y olvidarlo”.

El hecho de competir supone la posibilidad de ganar o perder. Por ello, la derrota debe formar parte de nuestro vocabulario natural, constituye un significado importante de la experiencia humana, a través de la cual, si sabemos manejarla correctamente, conseguiremos mejorar y crecer. Podemos considerarla como una palabra motivacional, que emplaza a la capacidad de resiliencia, de sobreponerse a la derrota y continuar en la lucha por nuestro objetivo.

El primer tema que debe gestionar el entrenador-a será el estado emocional de los-as integrantes del equipo. El (la) deportista entra en un estado de frustración (emociones), incluso a veces de estrés (alteración del sueño, apetito…), al ver que no puede alcanzar su objetivo. No sabe muy bien si ha sido un accidente o algo irreparable, lo que le supone manifestarse con rasgos mezclados de dos emociones básicas: el enfado (por la derrota) y la tristeza (por la decepción). Esta decepción forma parte del desarrollo del (la) deportista. No se trata de sobrellevarla, de arrastrarla, sino de experimentarla, gestionarla y superarla. En los-as deportistas más jóvenes la derrota provoca malestar, debido al bajo nivel de tolerancia, no disfrutando, lo que, alargado en el tiempo, pude suponer el abandono de la actividad deportiva. La clave para superar la frustración de la derrota está en el desarrollo de la inteligencia emocional desde la infancia.

Posteriormente es el momento de revisar los errores producidos. No es aconsejable analizarlos en “caliente”, tras la derrota, mejor hacerlo al día siguiente. 

Los errores son inevitables en cualquier proceso, en nuestro caso la práctica deportiva, la competición. El entrenador-a debe aceptar que se producirán, debiendo considerarlos como excelentes oportunidades de mejora, saber en qué deben incidir o trabajar en mayor profundidad con los-as deportistas. El principal problema no es el error en sí mismo, sino no saber aprovecharlo para mejorar, desde el propósito de corregir ayudando al (la) deportista. El enfoque debe ser en todo momento constructivo, aplicando estrategias eficaces para corregirlos, con actitud positiva y optimista, resultado mucho más agradable para el deportista y el equipo. Siendo negativo, pesimista e incluso elevando la voz de manera incontrolada (echando broncas), con enfado, no se consigue nada. Quizás se obtengan réditos a corto plazo, pero su eficacia se verá reducida hasta desaparecer.

El entrenador-a debe preguntar al equipo de manera que obligue a los jugadores-as a encontrar la respuesta correcta, en lugar de decirles qué tienen que hacer. Es una estrategia apropiada cuando los-as deportistas dominan la información necesaria para desarrollar correctamente la acción, además de provocar la concentración en el tema que se trata cuando se percibe déficits de atención. Si por el contrario no responden, el entrenador-a deberá analizar dos cosas: si el (la) deportista tiene realmente toda la información necesaria y/o si está lo suficientemente motivado-a. Actuando en consecuencia.

Es importante señalar que algunas correcciones son complejas. Para que se lleguen a dominar se necesitan entrenar, lo cual requerirá un proceso de aprendizaje a lo largo de un periodo de tiempo, en el cual tendrán que hacerse más correcciones. Ello no implica bajar el nivel de exigencia, sino que el (la) deportista perfeccione las conductas en busca del objetivo: mejorar y crecer.