Desde que Daniel Goleman, científico que desarrolló el concepto de Inteligencia Emocional (IE) y lo publicó en un best-seller mundial en 1995 (primera edición), se está investigando, avanzando y valorando conscientemente todos sus beneficios. Su aportación se centra fundamentalmente en la fantástica labor de divulgación y popularización que hizo de la IE.
¿Qué es una emoción? A mi personalmente una de las definiciones que más me gusta es la ofrecida por Francisco Martínez Sánchez, Enrique G. Fernández-Abascal y Francisco Palmero Cantero:
“Procesos multidimensionales episódicos de corta duración que, provocados por la presencia de algún estímulo o situación interna o externa, que ha sido evaluada y valorada como potencialmente capaz de producir un desequilibrio en el organismo, dan lugar a una serie de cambios o respuestas subjetivas, cognitivas, fisiológicas y motórico expresivas; cambios que están íntimamente relacionados con el mantenimiento del equilibrio, es decir, con la adaptación de un organismo a las condiciones específicas del medio ambiente en continuo cambio”
Las emociones son una entidad compleja que involucra aspectos psicológicos, fisiológicos y sociales. Aparecen como respuesta orgánica a la consecución de un objetivo, de una necesidad o de una motivación. Pueden ser originadas por causas tanto internas como externas, pueden variar en intensidad, ser momentáneas o suscitar estados anímicos permanentes.
La emoción se expresa de manera casi simultánea mediante tres sistemas de respuesta:
• Respuesta cognitiva: todos nuestros pensamientos sobre esa situación.
• Respuesta fisiológica: respuestas involuntarias (taquicardias, sudoración, rubor…)
• Respuesta conductual o motora: expresiones faciales y corporales.
Las emociones son señales internas que, como si de indicadores se tratara, nos están dando continuamente información. ¿Cuál es el problema? Que no estamos acostumbrados a prestarles atención. Cada emoción posee una información muy valiosa que, leída adecuadamente, nos da pautas para su gestión.
• La ALEGRÍA nos informa de una ganancia.
• El MIEDO hace referencia a inseguridad, amenaza.
• La TRISTEZA nos indica pérdida.
• El ENFADO se activa cuando sentimos que ha existido una transgresión.
• El ASCO se refiere a un rechazo o intolerancia a algo.
• La SORPRESA se produce cuando nos encontramos frente a algo nuevo.
Dado que las emociones conforman una parte importante y constitutiva de la subjetividad del ser humano, están siempre presentes en todos los actos de nuestra vida, por supuesto también en el deporte, algunas influirán de forma positiva y otras negativamente. Las positivas intervienen y afectan para mejorar el rendimiento y resultado, mientras que las negativas lo empeoran hasta lograr paralizar al deportista.
Podemos experimentar emociones diferentes si se trata de un entrenamiento o estamos en plena competición. Los nervios previos a una competición son generados por nuestros pensamientos. La concentración forma parte de la vida deportiva y aprender a gestionar nuestras emociones es el primer paso para conseguir un equilibrio mental y emocional.
¿Se pueden entrenar las emociones? Sí, se pueden y se deben entrenar, porque en el deporte de competición y/o alto rendimiento hay que tomar decisiones rápidas y acertadas. Para ello nos valemos de los conceptos extraídos de la “Inteligencia Emocional” (la manera de utilizar adecuadamente, es decir, de modo inteligente, las emociones). A través de la empatía, del autocontrol, de las habilidades sociales y de las motivaciones, podemos controlar emociones perturbadoras, tales como ansiedades, terrores, depresiones y agresividad, y transformarlas productivamente. Para ello es necesario integrar la emoción con la razón y el sentimiento con la comprensión.
